Ayer 27 de enero del 2017 se celebra en todo el mundo el Día Internacional en recuerdo de todas las víctimas de Holocausto, el salvaje plan del III Reich nazi que exterminó a varios millones de personas en toda Europa.

Usualmente, este día ha estado centrado en homenajear a los millones de judíos que fueron asesinados en las cámaras de gas o que perdieron su vida siendo cruelmente explotados mediante trabajos forzados hasta la muerte. Lo que resulta menos conocido – y hasta cierto punto, ignorado – es que otros muchos colectivos sufrieron en sus carnes el salvajismo y la sinrazón del nazismo simplemente por ser como eran: gitanos, eslavos, personas con diversidad funcional, opositores políticos… Y también personas LGTBIQ.

En su enferma obsesión por lograr el hombre ario genéticamente perfecto, los jerarcas nazis no solo programaron el exterminio sistemático de toda persona que no pudiera demostrar su ascendencia aria, sino que acabaron incluyendo en sus listas a toda persona que pudiera estorbarles por acción u omisión en la consecución de sus delirantes planes. Y como ha venido sucediendo a lo largo de la historia, las personas LGTBIQ no fueron una excepción.

El hecho de que cientos de miles de personas LGTBIQ fueran enviados a campos de concentración es aun muchísimo más llamativo si tenemos en cuenta que en los años previos a la llegada del nazismo al poder, Alemania era un país en el que existía cierta “tolerancia” (al menos para ser los años 30 del siglo XX) hacia las personas LGTBIQ. No eran del todo infrecuentes los bares y cabarets en los que se realizaban espectáculos de “drag-queens” y en los que no resultaba extraño ver a personas del mismo sexo bailando juntas. Aun cuando no era la situación idónea (la homosexualidad se seguía considerando un delito y una enfermedad) al menos sí se podía decir que había cierta permisividad hacia este tipo de actividades y reuniones.

Por supuesto la llegada de Hitler al poder en Alemania truncó esta tímida apertura que comenzaba a apuntar. Los locales y cabarets fueron clausurados, muchos de ellos tras recibir la visita de las guardias paramilitares de las SS o de las Juventudes Hitlerianas, con los consiguientes estragos que realizaban en estos locales. Pero pronto, no contentos con ello, los nazis comenzaron a deportar a personas a campos de concentración y de exterminio por “delitos de homosexualidad”, fueran LGTBIQ o no lo fueran. En especial es de destacar que la mayor parte de las personas deportadas fueron hombres, ya que la homosexualidad masculina chocaba más a un régimen como el nazi, basado en la virilidad masculina como elemento principal de exaltación bélica: un ejemplo más de que la lucha contra el heteropatriarcado no es solo cosa de mujeres y LGTBIQ y que es una opresión de la que ningunx estamos libres.

En los campos de concentración, los prisioneros acusados de “homosexualidad” fueron marcados con un triangulo rosa invertido en su uniforme (símbolo que décadas más tarde sería adoptado por la mayoría de colectivos LGTBIQ en homenaje y reivindicación de los derechos de las personas con diversidad afectivo-sexual y de identidad de género).

El hecho de ir “marcados” con este triangulo rosa era en sí una forma de señalarlos como LGTBIQ, y esto provocaba que no solo fueran blanco de las iras, burlas, abusos y violencias de los propios guardianes del campo, sino que los demás prisioneros acabaron considerándolos el escalón más bajo de estos campos de concentración, menos aún que los judíos. Así, los prisioneros LGTBIQ recibían siempre el peor trato de todo el mundo en el campo, les encargaban los trabajos más duros y atroces y tenían aun menos “derechos” que los demás reclusos (por ejemplo, sus raciones eran más pequeñas). Así mismo sufrieron violencias dignas de la más sádica película de terror: se les obligaba a practicar sexo con mujeres (es decir, a violar mujeres) para “curar” su homosexualidad, o incluso ellos mismos eran violados por otros prisioneros. Tener el triangulo rosa cosido en el uniforme era frecuentemente sinónimo de una pena de muerte dolorosa y a cámara lenta.

Tras la II Guerra Mundial, aunque el Holocausto fue publicitado y se empezaron amplios trabajos de reparación de las víctimas, la realidad de los prisioneros LGTBIQ fue negada e ignorada. Hubo que esperar hasta 1985 para que la ONU hiciera algún tipo de reconocimiento a las víctimas LGTBIQ de los campos de concentración, y aun hoy en día se trata de una realidad ignorada por el conjunto de la sociedad y la opinión pública

DiversAH en este día quiere homenajear y recordar a estas personas que sufrieron y murieron por el simple hecho de sentir de forma diferente. Por relacionarse con personas de su propio género, o por desafiar los roles de género impuestos por una sociedad opresiva e intolerante. Para conmemorar y honrar su memoria no solo les dedicamos estas palabras, sino que les recordaremos el sábado 28 de enero en un cineforum a las 18h en el C.S. 13 Rosas en Alcalá de Henares (Madrid), en el que proyectaremos la película “Bent”, que retrata de forma magistral y con toda su crudeza el horror al que se enfrentaron las personas LGTBIQ en los campos de concentración.

Por todos ellxs, nuestra lucha sigue adelante. Por su memoria, no podemos dar un paso atrás contra la LGTBIQfobia y el patriarcado. Porque fueron, somos.

 

Asociación DiversAH

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