El cuerpo con el VIH ya no es visible, pero la serofobia (asco, rechazo o discriminación a personas VIH+) sigue tejiendo sus efectos.

Son muchas las personas que enuncian la idea de que las personas conscientes de tener el VIH deberían tener la deferencia de no volver a tener sexo con personas seronegativas, aun cuando se utilice el preservativo (“ocurren accidentes”);  o bien de decir siempre su estatus serológico antes de tener sexo, para que la persona serodesconocida o seronegativa decida si quiere estar o no con alguien con el VIH.

 Bajo todo esto subyace la norma de que es la persona seronegativa la que decide cuándo y con quién la persona con el VIH puede amar o no amar, desear o no desear. La persona VIH+ no decide, porque la persona seronegativa está por encima de él en estatus y derechos.

Olvidamos el rechazo injustificado que sufren muchas personas con el VIH, así como sus efectos. ¿Qué pasa cuando una persona con el VIH sujeta a la violencia de la serofobia se encuentra justo en el momento previo a tener una relación sexual?

 Cuando las personas con el VIH empiezan a profundizar en una relación con un amante llega un momento en el que se plantean si no deberían haberle dicho su estatus serológico. Entonces algunas de estas personas pueden sentir culpabilidad, vergüenza o miedo. Cuando deciden contarlo, las parejas o amantes les recriminan que lo han estado ocultando durante demasiado tiempo y que por consiguiente no son de fiar y dignos de su afecto, y también que se les ha envuelto en una situación de peligro de la que deben alejarse. En muchas ocasiones da igual si han tenido relaciones sexuales seguras: prevale el rechazo, que muchas personas con el VIH lo acaban por interiorizar como una maldición. Si en cambio no dicen que tienen el virus, muchas personas VIH+ tienen la sensación como de que guardan un secreto maligno, junto al miedo de que alguien o algo revele ese secreto: que se corra la voz, que descubran un bote de pastillas, que encuentren un informe médico perdido en casa… La serofobia siempre se las arregla para que parezca demasiado pronto o demasiado tarde el momento en el cual se dice el estatus serológico.

La preocupación de las personas con el VIH no debería ser si dicen o no dicen, y cuándo, o a quién.  Nos olvidamos que:

1) Todos tenemos el mismo derecho a tener sexo, así como la misma responsabilidad. No es cuestión de quién sea más responsable, porque la responsabilidad en sí misma no es cuestión de grado. O eres responsable de evitar conductas de riesgo para tu salud o no eres responsable.

 La responsabilidad de una persona con el VIH es la misma que la de cualquier otra persona: tener sexo responsable y cuidar a su pareja y a sí misma. Todos estamos informados a grandes rasgos de que las infecciones de transmisión sexual pertenecen a nuestra realidad, seamos heterosexuales, bisexuales u homosexuales. Una persona con el VIH no debe de recordarte la necesidad del sexo seguro, porque el sexo seguro debería estar inscrito en tus prácticas mediante tu responsabilidad.

 2) El sexo seguro es, efectivamente, seguro. Usar preservativo es sexo seguro, y el sexo seguro se puede disfrutar con cualquier persona. Los preservativos no se tienen por qué romper si se utilizan con cuidado. Una persona con el VIH responsable sabe utilizar el preservativo.

 Los avances en la medicación han conseguido que muchas personas VIH+ tengan una carga viral muy baja, lo que reduce mucho las posibilidades de transmitir el virus teniendo prácticas de riesgo. En España casi la mitad de las personas con VIH que toman el tratamiento consiguen lo que se conoce como carga viral indetectable, es decir, una concentración del virus tan baja que todos los estudios científicos avalan que la probabilidad de transmisión del virus es remota (si hay completa adherencia a la medicación, si no hay otra infección de transmisión sexual). Esto conlleva que muchas parejas serodiscordantes reduzcan o eliminen la ansiedad ante, por ejemplo, el caso de una rotura de condón o de tener deliberadamente una práctica de riesgo.

Otro recurso es la profilaxis postexposición. En el caso de que una persona seronegativa o serodesconocida tenga una práctica sexual de riesgo con una persona con VIH (eyaculación en la boca; rotura de condón o no utilización del mismo durante la penetración), se puede contar con el recurso de la profilaxis postexposición (una medicación que se solicita en Urgencias antes de que hayan pasado 72 horas de la práctica sexual de riesgo, y que consigue eliminar la posibilidad de una transmisión si se toma durante 28 días; se recomienda sólo en ocasiones muy especiales dado que es posible que aparezcan efectos secundarios como diarrea o malestar general).

 3) A la persona con el VIH se le exige que se esfuerce en proporcionar y demostrar un nivel de riesgo cero cuando mantiene relaciones sexuales. Sin embargo este nivel de riesgo cero no lo exigimos en ninguna otra actividad de nuestra vida, sexual o no. No hacemos un “por si acaso tenemos un accidente, no voy en coche contigo”.

 Algunos argumentos que se encuentran las personas con el VIH cuando son rechazadas: “me da miedo y entonces ya no me apetece estar contigo, pero no es discriminación; “me gustas aunque ya no puedo excitarme contigo y por eso mejor lo dejamos, pero no es discriminación”.

 A esto hay que responder: ¿Cómo no va a ser discriminación si tu comportamiento o expectativas han cambiado tras saber el estatus serológico de otra persona?, ¿cómo no va a ser discriminación si estás pensando que el contacto con una persona seropositiva del VIH te ha supuesto un peligro, aunque ese peligro no tenga una base real?

 Es discriminación si actúas de una forma distinta una vez que sabes que una persona tiene el VIH. Es discriminación en el momento en el que utilizas los “por si acaso”. “Por si acaso no tengo sexo contigo”. “Por si acaso enfermas no tengo una relación contigo”. “Por si acaso me relacionan contigo y piensan que yo también tengo el VIH no mantengo una relación”.

 Los “por si acaso”, ¿realmente para qué los utilizamos?, ¿nos benefician realmente? Los “por si acaso” tiene que ver con el estigma del VIH, con la comodidad de creernos superiores con respecto a otras personas según el estatus serológico; tiene que ver con nuestro bloqueo a la hora de aceptar la realidad del VIH.

 4) Se dan historias en las cuales preocupa más tener una práctica sexual con condón con una persona con el VIH que una práctica sexual de riesgo con una persona serodesconocida. El riesgo parece a veces que lo tienen las personas con el VIH, y no las prácticas. Muchas personas no tienen miedo a las prácticas de sexo no seguro, pero sí a las personas con el VIH. Esto nos lleva a veces a una falsa percepción de seguridad ante “personas de confianza”; nos olvidamos que lo importante no es con quién lo hagamos, sino de qué manera.

El discurso implícito es este: si presionamos a las personas con el VIH para que se sientan culpables y portadoras de muerte, no querrán tener sexo. Por tanto, siempre que yo tenga sexo puedo estar tranquilo porque la persona con la que esté no tendrá el VIH. ¡Cómo se lo ocurriría a una persona con el VIH tener sexo conmigo! ¡Y sin avisarme!… Una manera más, y bien perversa, de sentirse seguro.

 No nos equivoquemos: las estrategias para seleccionar a personas con respecto al VIH, no son protección y sí son maltrato.

Las personas con el VIH no perjudican; lo que sí nos daña es la falta de equidad y de información. Es la sociedad la que deja inmunes a ciertas personas. Se puede hablar en ese sentido de “sida social”, una especie de virus que se transmite, pero que también se combate

¡entre todes!

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